Vale, ya tocaba aclarar el término. En realidad no es ese, es como una desviación, o llamémosle preferencia sexual, de algunos tíos, que fantasean y centran su excitación sexual en mujeres grandes. Digamos, su ideal de mujer es algún pollazo, tipo modelo o algo así, una tía buena, pero del tamaño de Godzilla. El término psicológico es Giganti-noseké, o algo así, pero pasé de buscarlo mejor.

Hace poco vi un documental sobre ello en la BBC. Aquí hay muchos programas que tratan el sexo de múltiples maneras, estos ingleses están más quemaos que la moto de un hyppie. Salían varias historias para tratar dicha "preferencia" en múltiples casos diferentes. La primera historia era una tía gorda, enorme, casi gigante, que decía que durante su infancia se había sentido muy mal por sentirse tan diferente al resto, etc, pero que ahora de mayor había conseguido aceptarse más a sí misma puesto que había conseguido sacarle partido a su condición. La tía era como una puta, más o menos, pero cuyos clientes eran los afectados por dicha particularidad sexual. Eran tíos que les gustaba que una gorda rolliza se les sentase encima, les pegara, les ahogara bajo sus grandes tetas... era un rollo tipo sadomaso, pero no tan violento, ni siquiera sexual, la dominación se basaba básicamente en el considerable tamaño de la tía y en soportar su peso.

Después salían dos historias más que me hicieron gracia especialmente. Iban sobre dos tíos cuya fantasía era una tía tipo Godzilla en toda regla, es decir, que destruyera cosas, una ciudad. El primer caso era un tío, de nuestra edad precisamente, inglés, que se sentía mal porque no encontraba ninguna película porno de su agrado. Molaba porque salían escenas del tío paseando por la playa con cara de triste, aire pensativo, con una música de fondo de esas tope de cutre, tipo "beeecccaaauusseeeee llllooooooveeeeee iiiissss theeee poowwwweeeeerrrrr...", como en las pelis de serie B o en los vigilantes de la playa cuando la tetona de turno dejaba al notas para luego volver y reconciliarse. Total, que el tío finalmente encontró su peli. Era una recreación MEGA-CUTRE de los viajes de Guilliverm (como sea, paso de buscarlo). Una rubia que era atada por unos tíos diminutos, que eran, no es que claramente, sino ERAN, muñecos, además estáticos completamente, como los guerrilleros esos que había antes de plástico pequeñitos, que el muñeco venía incrustado en un trozo de suelo del mismo material, quedando el conjunto homogéneo, para que se sostuviera en pie. La ataban, la tía iba corta de ropa, se desataba, se cabreaba y se ponía a pisar a los muñecos y a destruir su ciudad. La cámara era una videocámara, no muy profesional. El presupuesto, el de un fin de semana de priba. Molaban especialmente las escenas que la cámara adoptaba la primera persona del muñeco que iba a ser pisoteado, viendo la suela del zapato de la tía en zoom ampliado, la tía riendo, cruel y malvada. Por lo visto, para ese tío ese vídeo era lo máximo, que el tío se corría vivo, vaya.

Luego había otro tope de bueno también, que era un profesor de instituto alemán que se había casado con una jugadora y entrenadora de baloncesto, una tía que curiosamente era bastante maja, pero altísima, enorme. El tío la miraba con adoración (él era un auténtico retaco), y cuando salían a pasear el tío le hacía fotos desde el suelo, captando un punto de vista para acentuar y exagerar su altura. A menudo hacía ese tipo de trucos con otros elementos, como un árbol o un edificio, para que la tía pareciera más grande que ellos. Pero lo mejor era que el tío tenía en su casa una habitación reservada para sus fantasías sexuales. En ella, el tío se pasaba unas dos semanas al mes, construyendo una maqueta de una ciudad entera, con sus plazas, sus casas, sus edificios, etc, tope de currao, tipo bricolage de experto, con su pegamento sintético especial, sus máquinas de taladrar, etc. No en vano, el tío decía que se gastaba más de la mitad de su sueldo en dicha actividad. Cuando por fin la terminaba, hacía vestirse a la mujer de una forma sensual, con un traje de noche o algo así y, cámara de vídeo en mano, le hacía romper toda la maqueta, de varios metros cuadrados, a su mujer. “Rompe la torre del reloj, cariño, písala con cara de mala leche”, “Siéntate encima de la granja”, “Oh, sí, qué bien lo haces mi amor”. La tía se cargaba en media hora el trabajo de dos semanas. Y cuando lo destrozaba todo, el tío lo limpiaba y volvía a empezar con el trabajo, al mes siguiente, para engordar su particular videoteca. “Estoy muy contenta de poder hacer feliz a mi marido”, decía ella.

Para acabar con el listado de freakis, recuerdo a otro tío, un pequeñajo y gordito, que organizaba quedadas con gordas. O sea, inmensas bolas de grasa y altísimas, moles de tías. Este tipo, básicamente, disfrutaba sólo sintiendo el placer de soportar el todo el peso de la gorda en su cuerpo. La tía se le sentaba en la cara, en la espalda o en el vientre, y le decía chorradas como “te gusta, eh?”. O bien se ponía a caminar por su cuerpo, desde los pies a la cabeza, con zapatos de aguja (bueno, para la cabeza que quitaba los zapatos, tenía esa delicadeza). Recuerdo una imagen que me impresionó mogollón, el tío estaba tumbado en unas escaleras, con la cabeza en la parte más elevada, apoyada en un escalón. La tía le hacía el numerito de “pasear” por su cuerpo, pero imagináos lo que debe ser aguantar com 150 kilos, con los filos de los escalones clavándose en la parte posterior de tu cuerpo, y los tacones de aguja de la gorda en la otra. “ooooooohhhhhh, mmmyyyy gooooooodddddddd”, decía el tío en gestos de claro dolor, y la tía reía. Finalmente ella, después de recorrer su cuerpo, llegaba a la cara. Se quitaba los zapatos y sostenía todo su peso sobre ella, con sendos pies encima. El tío estaba completamente morado, gritando y palmeando el suelo, me recordaba a los jugadores de Pressing Catch. Pensaba que le iba a estallar la cabeza como un tomate. “Me encanta quedar con (el nombre de la chica), lo hace muy bien... - ... es una sensación muy liberadora, me siento como un niño, con esa inociencia... - ...creo que es el único momento en el que me siento yo mismo”, comentaba el tío cuando acababa el rollo, todo morado.

Ah, para terminar, una cosa que me moló mogollón, aunque ya no iba tanto del palo ese. Salía una tía rubia, con aspecto juvenil, muy mona, vestida de cheer-leader, pegándole una somanta de palos a un tío, que estaba en calzoncillos, estirado en el suelo, gritando de dolor. No sé cual de los dos disfrutaba más, porque la tía realmente le ponía entusiasmo. Le pegaba cada patada en las costillas al tío que me dolían hasta a mí, sonaba hueco. Luego, eso era un puntazo, se alejaba, tomaba carrerilla, venía corriendo follada hacia el tío, y un metro antes la tía pegaba un bote y aterrizaba violentamente con los dos pies sobre el tórax del tío, con todo el peso de su cuerpo y con toda su mala leche. La tía, vestida de animadora, rostro angelical y rubita, ponía una cara de perversa y de satisfacción que era la leche. Si le hubieran estado dando por culo, esa cara me habría puesto mogollón.
Pero no, simplemente le estaba pegando la paliza de su vida a un pobre tío en calzoncillos estirado en el suelo.